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El tatuaje

Tenía tatuado el brazo derecho. Se movía con soltura entre las mesas del bar con la bandeja en alto. Cuando llegó a la nuestra me sorprendió el hambre de sus ojos. Tenía una sonrisa bonita que resaltaba su cutis terso. Su juventud y su delgadez fibrosa contribuían a darle el aspecto de tener una talla menos de piel que la que le correspondía. Su tatuaje era delicado, casi una obra de arte.
Todo hablaba de ella.
Cuando llegaron mis amigos comprobé que más de uno había reparado en ella. Teníamos la costumbre de inventar historias sobre aquello que nos chocaban o nos atraía y empezamos la suya.

Fue difícil encontrar un nombre que nos convenciera a todos. Es que nombrar al personaje  no es fácil cuando tiene un carácter complejo. Cada uno percibe aquello en lo que más se reconoce. Yo la llamé Ira, es que aunque todo era dulce en sus movimientos y en sus formas, sus ojos me parecían arrastrar historias terribles de celos y abandono pidiendo venganza. También, y eso era muy triste en ellos,…

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