El tiempo me quiere
Hora del recreo. Media hora para comprar la última chuche descubierta: jengibre escarchado.
Está el cielo plomizo. Va a llover sin parar varios días si la predicción acierta. Hay que aprovechar.
Y Curri coge el plátano de la mochila, -¡Qué hambre!- y sale a la calle sin pensarlo dos veces.
Camina con prisa pero saboreando todo lo que ve: La fachada de Santiago, la calleja que va hasta el río, la acera que se estrecha dejando los balcones asomados, estirando el cuello hasta el firme, qué imprudentes. La calle Valderrama con su buganvilla. El patio del convento, la puerta abierta. San Pedro, La Almagra...
Genaro siempre tiene gente y sigue hasta la plaza. La chica de Zurera le atiende rápido. Se aleja intentando abrir el paquetillo. Sigue con hambre y le llega el olor del pan. Se para a curiosear mientras el frutero que trae productos del Vacar atiende a un par de clientes. ¡Los roscos de vino tienen una pinta...!
Ya de vuelta, mucho más despacio, va saboreando los rosquitos y el jengibre. Se sorprende al ver que le han sobrado diez minutos. Le da tiempo de charlar con unas compañeras antes de entrar a clase.
El tiempo se ha detenido en la hora del recreo. O por lo menos eso dice su reloj que sigue marcando las doce menos diez una hora más tarde.
- No puede ser por otra cosa- dice Curri. -¡El tiempo me quiere!


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